25 nov. 2011

Yo quería...


Este verano se me antojó más a otoño que nunca, y jamás sabía qué hora era. Me encontraba con sentimientos contradictorias, de esos que odias sentir. Por un lado tenía ganas de saborear Sevilla y su libertad, y por otro, tenía miedo a marchar. Escribía y arrugaba folios llenos de garabatos una y otra vez. Bueno, Sabina no fue capaz de escribir "la canción más hermosa del mundo", y yo, como él, me quedé en el "yo quería".
Y hoy sigo con eso de mirar el papel durante minutos, por si me viene la inspiración, así sin avisar, cómo ese día en el que apareciste, me revolviste la vida y me enseñaste la parte más mágica de luchar contra los días.
Pero en vez de eso sólo me queda un viejo cuaderno lleno de rimas que ya no riman, un álbum de fotos de los que sacas cuando quieres recordar o llorar, una de dos, y una camiseta debajo de la almohada, llena de bolitas, que hace años ya no huele a tí, pero la "achucho" contra mi pecho y parece que respiro mejor.
Y bueno, tengo esa esperanza de saber que regreso, para que nadie pueda decir que me fui, si siempre estoy volviendo...

23 nov. 2011

Jóvenes y egoístas.

Libre soy, con la relatividad que supone serlo y amarte a ti. Pero aquí sigo por las calles de Sevilla, tú tan lejos y yo sin poderte tocar.

No estás y te reconozco en cada muchacho tímido, de esos que agachan la cabeza ante un cruce de miradas.
Me recuerdan a ti pero más tristes y menos cansados. Quiero acercarme a alguno y decirle lo frágil que soy cuando no te arranco un abrazo, ni te muerdo el labio, ni te alboroto el sexo.
Sí, quiero contarle todo eso y que me mire sorprendido, que frunza el ceño y me diga loca, como tú tantas veces has hecho antes de besarme, solo que él no lo hará, apenas sonreirá antes de marcharse, y yo también lo haré, un segundo justo, antes de pensarte.

Y cómo se ríe la noche cuando no la utilizamos para quitarle el hambre a nuestros cuerpos, cómo suspira de alivio cuando no luchamos contra ella para que el sol no le haga el relevo. Qué jóvenes y egoístas nos vemos de madrugada, y cómo nos gusta, y cómo nos basta.
Somos débiles para no sudar después de la una, para no gastar oxígeno, para que no me levantes la falda y yo a ti el... alma.

Me tiro de cabeza al precipicio que implica mirarme en tus ojos y quedarme ahí en medio de la aduana, sin papeles, sin recursos, hasta que vengas y me salves, y me venzas.
Quiero volver a ese sitio donde no entra el frío, donde tú conoces el lugar en el que nacen mis cosquillas y yo el lugar de tu cuerpo que no debo tocar, quiero volver a ese sitio en el que acaricio y tirita tu esqueleto, ese sitio en el que a quemarropa siempre me has querido entre franela y gomaespuma.

Quiero volver y no puedo, y acabo estas palabras como la canción de Neruda.
 Desesperada.

22 nov. 2011

Absurdo.

Y al cabo de unos meses, después de intentar cada semana de cada mes que te vuelva la inspiración, después de coger una y otra vez tu boli preferido, escribir en tu libreta más querida y sentarte en tu rincón más visitado de toda la habitación, miras a la papelera llena de hojas arrancadas y caes en la cuenta…
Y aunque suene lamentable lo ves todo más claro y acabas de comprender que las mejores letras salen cuando estás realmente jodida. Que las palabras que más dentro se te meten al leerlas son las que están cargadas de momentos amargos.
Y empiezas a reflexionar, y a no saber si lo que has descubierto es bueno o malo, bueno porque hasta ahora si no he podido escribir es porque he sido realmente feliz, malo porque si de repente me salen las palabras es porque estoy otra vez abajo.
Pero bueno después de esto me doy cuenta que así soy yo… ahora arriba, ahora abajo, y mis letras serán tan fugaces como mi estado de ánimo…al menos me queda eso. Esta es mi propia terapia, y ¡qué coño!, a mi me sirve, después de esto se me habrá pasado el pesimismo y hasta dentro de unos meses no volveré a escribir, o hasta el próximo batacazo, que siempre llega sin avisar. Y aquí estoy como una gilipollas riéndome de mi propio descubrimiento, a veces puedo llegar a ser tan irremediablemente absurda qué nada en mí tiene sentido.