19 sept. 2012

Las estaciones frías.

Desde que me acuerdo he sentido predilección por las estaciones frías. Creo que tienen un toque bohemio que muy pocos saben apreciar. El color de los árboles, el olor a leña del pueblo, la lluvia, todo demasiado especial para que cualquier ojo lo pueda valorar.
Pero sobre todo amo las estaciones frías por el tiempo que hemos pasado debajo de esas mantas, "a la orilla de la chimenea", extinguiendo el resto del mundo y quedándonos sólo nosotros.

Aunque hace ya casi tres años que he tenido que cambiar nuestra chimenea por el brasero de un piso de estudiantes, tu compañía por apuntes, tus besos por cafeína, tu voz por canciones, nuestro deseo por Gin Tonics. 

Y es que cuando quieres abrir los ojos, Peter se ha marchado, los colores de mi cuarto desgastados, y el hada del moño rubio y el vestido verde se ha hecho prostituta para conseguir más polvo. Y yo quiero seguir siendo una niña, tu niña. Si me das un huevo Kinder abro primero la sorpresa, y lo mismo ni me como el chocolate. La inercia te empuja a vivir sola, a buscarte tu misma los analgésicos, llega un momento en el que ves más hambre que juegos, más muerte que espejos, de repente te interesa el telediario y escuchas su mentiras. Lo del Ratoncito Pérez tuvo un pase, lo de los Reyes Magos dolió pero perdoné, pero con lo de la Democracia ya os estáis pasando de la raya.

Y desde entonces, entre tu ausencia en mis delirios, y toda la mierda que guarda el mundo, me enfadé con el invierno y sus humedades. Hice un pacto con el calor, que me prometió vernos cada día. Quizás estas estaciones no tengan la culpa, pero es más fácil echárselas a ellas que al destino, que no se puede oler, ni si quiera tiene color...

Pero supongo que esto será temporal, y que volveré a amar al otoño, como amo cada gesto de tu cara, cada movimiento de tu cuerpo, cada palabra pronunciada.


3 comentarios:

Coge altura. Deja señales.