18 dic. 2014

Declaración de finales.

(Esto no es un poema. Es una declaración de finales).

Aquel verano te culpé de todo, por ser la mano ejecutora. 
Pero lo cierto es que no fue tu culpa. Fue mía. Que cambié. 
Me convertí en otra, ya no era la misma persona, tú seguías queriendo a la Chica de ayer, que ya no existía.
Todo lo que tú amabas se había ido con mi historia de vulnerabilidad y odio constante a los espejos.

Sí, yo era otra, pero a esta que también te eligió a ti, ya no la querías.
Hasta que dejé de hacerte responsable y entendí que tu pérdida fue culpa de mi disparo. 

Que yo grabé el nombre de tu niña en esa bala y la maté sin que pudieras despedirte. 
No me tomé en serio ni mi propia muerte. Y tú te fumaste el cigarro de después de dejarlo.

Solo me quedaba pedirte perdón, contarte que fue un sacrificio para salvarnos a las dos, que era lo mejor. Que no hubiera sobrevivido en este mundo, que le ahogaba su colección de hostias contra el suelo, su insuficiencia para volver a ponerse en pie y su dependencia a que tú la sostuvieras.


Fue después de eso cuando hice las presentaciones y tú y yo empezamos a conocernos, por segunda vez en la vida. Y volvimos a enamorarnos como entonces. Como nunca.
Porque si es un final, nunca es feliz. Y yo siempre he sido de punto y aparte.


Con todo esto solo quiero decir que tenemos derecho a perdonarnos, aunque para eso tengamos que volarnos la cabeza y nacer de nuevo en el mismo cuerpo.


Hay quienes lo llaman oportunidades.
Yo prefiero que me digas gata, porque aún me quedan cinco vidas.

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