20 ene. 2012

Bailarle el agua.


Esa maldita capacidad de sacarme del hoyo cuando más hundida estoy, en esos días que me ahoga el vacío de la cama.
Todos estos meses he pensado en algo que me haría feliz. Me gustaría que cada día al lavarme los dientes tu cepillo estuviera justo ahí, al lado del mío, como si ese fuera el único lugar del mundo al que debiera pertenecer.
Eres capaz de coger al mundo por las pelotas y deshacerte de él con una patada de rabia. De rozarme con la punta de los dedos la barbilla y se me reviente la vida en un segundo.
Que la sutileza de un susurro estalle en tu garganta y me suene a dulce rock.
Vienes y  las calles se encojen en un suspiro al ritmo de tus pasos, a la vez que se encabronan las hojas de los árboles porque el viento se ha encelado de tu pelo.
¿Y cómo evito bailarte el agua si no sé dejar de ser satélite?

5 comentarios:

  1. Preciosa entrada, me ha emocionado.

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  2. "Que la sutileza de un susurro estalle en tu garganta y me suene a dulce rock."

    Sencillamente genial Cris..

    Tus palabras en mi suenan de forma parecida, que cuando esucho aquello que me pasaste tan, tan hermoso, evito a veces hasta respirar, y por el bruto sonido que emito al hacerlo, que entorpece tu bella prosa.


    Un beso.

    Un admirador.

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  3. Muchísimas gracias. Ya sabes que tu opinión es importante para mí! Aunque no seas muy crítico realmente jeje. Besos de otra admiradora!

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  4. Todo era oscuridad, los días se hacían largos y tediosos con esa lluvia que no cesaba. Tengo que hacer mi vida me repetía sin cesar, no puedo seguir así paralizada por este temporal que me asfixia e impide sentir la luz del sol, la alegría de la vida. Me armé de fuerzas, cogí impulso y decidir salir de nuevo a la calle. Pero la oscuridad seguía ahí y la lluvia que no cesaba también. Me preguntaba por qué una y otra vez. Por qué día tras día se sucedía este temporal sin poderle encontrar nunca el fín. Volví a coger fuerzas y me decí a salir de nuevo, quería saber por qué no remitía esa oscuridad y esa lluvia que me consumían la vida poco a poco. Salí, empecé a caminar sin rumbo fijo hasta que llegué a un parque. Allí había alguien especial, alguien que me ayudó a entender lo que pasaba. Le pregunté porque había tanta oscuridad, por qué llovía sin parar. Ese alguien me explicó que la oscuridad que veía sólo estaba en mi alma y que la lluvia que no cesaba eran mis propias lágrimas que no me dejaban ver con claridad. También me explicó que la vida estaba esperándome desde hacía tiempo, que ella tiene un lugar para mí. Pero que antes debía salir de esa oscuridad que representa el tormento de mi alma y así poder mitigar las lágrimas que me impiden ver la luz del día y la alegría de sentir la vida.

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  5. Otra forma muy distinta he igualmente bella de hablar de la lluvia...

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Coge altura. Deja señales.