7 abr. 2014

Sigues estando.



Por más veces que te lo diga no va a tener más sentido. Por mucho que te lo demuestre no va a ser real si no lo haces tuyo.

¿Qué más quieres que te haga qué ya no hayas sonreído? Que sigo aquí joder, mírame. Sigo aquí. Dejándome tu nombre en las servilletas de los bares y el pintalabios en los vasos.

Que tengo una lista con todas las ciudades a las que aún no le hemos puesto el acento. Y en todas quiero que estés tú. Buscando las calles en google maps antes de salir a comernos. Olvidando dónde hemos aparcado el coche. Caminando. Parando para que yo me baje de los tacones. Haciendo turismo en los hoteles. Que sí, que quiero tu cepillo de dientes al lado del mío.

Nos he visto. Nos he visto casi jubilados, a ti asomándote varias canas y yo con el culo caído y miles de arrugas de las veces que me has hecho reír. Estábamos sentados en una terraza de verano, y todas las parejas de más de 60 ni se miraban, no pronunciaban palabra, ellos se limitaban a beber del vino, ellas mosto de uva, y ellos observando el vuelo de la falda de veinteañeras levantaban una ceja y arqueaban la mirada, ellas hacen como que no se dan cuenta, buscan un abanico en el bolso y fingen que tienen calor, fingen que sienten algo. 

Y ahí estábamos nosotros yo te miraba y tenías los mismos ojos que ahora, pero con más historias, más abrazos y más orgasmos. Te miraba y me la devolvías, y nos enamorábamos otra vez. Como hacemos todos los viernes. Y entonces hablábamos de coger un tren y plantarnos en Viena, y que a orillas del Danubio un poeta de calle nos escribiera unos versos, como si nos conociera de antes.
Nos mirábamos y ellos seguían sin hablarse y nos miraban. Nos envidiaban y se preguntaban ¿Cómo lo hacen?

¿Cómo? ¿Pero cómo mierdas voy a dejar de hacerlo si sigues estando?

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