6 may. 2012

La luna.

Cuando llegaste, yo estaba allí, al final de la barra, bien jodida, pero te parecí preciosa. 
O eso me solías decir.
Recuerdo que no tuviste que mentir ni rogar mi calor.
Que ya era tuyo desde ese día, cuando me diste tu número para que pareciera menos triste.
Entendí a Descartes en un momento, me miras, luego existo...
Y yo que nunca creí en los amores a primera vista, asumo que no los habrá de otro tipo.
No ha hecho falta rebuscar en mis costuras para que el tiempo sin ti me escociera como antes.
Lo justo estaba esta madrugada la luna para hacer el amor en algún parque.
Y matar de envidia a esta falsa primavera que acecha con frío las ciudades.
He vuelto a pensar en el abismo de tus manos y se ha hecho el silencio.
Se han callado en las calzadas caminantes y aves de paso.
Pero no todos los silencios son incómodos. 
Los que están llenos de escalofríos y temblores se disfrutan con la vida.
Y si no nos vencieron las distancias ni manías, no va a hacerlo ningún recuerdo.
Aunque cargue y precipite acosadora melancolía.

2 comentarios:

Coge altura. Deja señales.